miércoles, 16 de octubre de 2013

UN JUEGO EN LA NOCHE

Apenas vislumbro en mis recuerdos, pero aún así, es imposible no recordar. Cada noche era una aventura, yo creía que era un juego, sólo un gran y entretenido juego. Mi madre comenzaba el ritual bien temprano, cuando el sol aún alumbraba nuestra casa, ponía en cada ventana una frazada y las afianzaba firmemente en los extremos para que no cedieran, luego corría el sillón grande hasta la puerta, como asegurando que desde afuera nadie pudiera abrirla… después, se dirigía a la cocina y acomodaba una mesa pequeña con el mate, la yerba, el azúcar, mientras nosotros nos abrigábamos para resistir el frío de la noche y nos aprontábamos para la aventura de los juegos. Cuando papá llegaba, estaba ya todo dispuesto, mientras la penumbra cubría el espacio, mi madre alumbraba de a poco el cuarto con una vela pequeña, como intentando que se alumbrara, pero sólo un poco. Cenábamos y nos acercábamos al calor del brasero mientras terminaba de caer la noche, esa, era la hora que yo esperaba. Las brasas rechinaban lanzando miles de chispas en la habitación que se alumbraba y, me parecían miles de bengalas en medio de la oscuridad, mientras una vecina llegaba por la puerta posterior de la casa, a través del patio con sus siete chiquillos a cuestas y con una radio a pilas bajo el brazo, mis sueños de bengalas y fiestas terminaban para empezar el juego de la noche. Los grandes lidiaban con una lucha incomprensible para mí. La de escuchar radios extranjeras, casi sin volumen con la oreja pegada al receptor, y de chupada en chupada con el mate seguían las conversaciones a media voz. Nosotros salíamos al patio de atrás en penumbras, pues no había ni un poste con luz en la ciudad, las escondidas era el juego preferido para los niños mas grandes, yo me aburría, pues cada vez que me escondía parecían olvidarse de mi existencia y nadie salía en mi búsqueda. Esa noche fue distinta y se me quedó grabada en la mente para toda la vida, teníamos prohibido jugar en el antejardín, pero, igual lo hacíamos habitualmente, y cada vez que pasaban los camiones de los militares, nos tirábamos de guata detrás de las rosas o del gran jazmín que mi madre cuidaba con recelo de los ladrones de flores, jamás supo que era yo misma quien las arrancaba para jugar con mis amigas a la reina, o decorar grandes tortas de barro. Sentíamos a lo lejos el motor, y sabíamos que era hora de escondernos, el triunfo era siempre incierto, cuando pasaba el camión muy lento y alumbraba casa por casa con un foco inmenso, era como un baño de luz para mi, y mi estómago se convertía en gelatina, cada vez que sentía el calor de esa luz sobre mi espalda, cuando terminaban de pasar y volvía todo a la penumbra acostumbrada, nos levantábamos de a poco y empezábamos a festejar, solíamos salir hasta la calle y corríamos en el cemento alumbrados sólo por la luz tenue de la luna que se ocultaba a ratos entre las nubes, pero era así nuestra diversión, mientras los grandes tomaban el mate y comentaban en voz baja el golpe de estado. De a poco mi casa se convertía es un paseo vecinal que poco entendía, pero me parecía divertido, pues los adultos cuchicheaban y el grupo de niños, al pasar la hora era cada vez mas grande. Nos dedicábamos a jugar a escondernos de los milicos, era divertido, pero aquella noche parecía estar mas oscura que nunca, y el viento silbaba de modo extraño, nos llamaron al patio de atrás y no todos obedecimos, sentí un silbido, fuerte, era el silbido de mi padre, inconfundible señal de alerta y de guía en las ocasiones en que estaba perdida entre alguna multitud. Su silbido fue una orden autoritaria que sólo yo podía interpretar, atine a tirarme al suelo, entre las rosas y el jazmín y enterré la cabeza en el pasto húmedo mientras mis tímpanos eran destrozados por un ruido ensordecedor, sentí gritos y trotes, y luego… un silencio sepulcral. El camión terminó de pasar y mis padres, nos buscaban en medio de un caos y una desesperación, que no podía entender, mi madre lloró cuando me encontró, la vi abrazando a mis hermanos y no pude moverme, entonces, mi padre me tomó en sus brazos, vi en medio de la penumbra que las otras madres hacían lo mismo y no pude ver nada mas de lo que pasaba en la calle pues, nos entraron a la casa y todos se fueron, nunca mas nos dejaron salir a jugar al patio, ni de adelante ni de atrás, sólo se que después de eso estuvimos en un velorio donde había un cajón blanco, todos lloraban, los amigos de juegos nos reunimos en silencio y nadie dijo palabra, ahí estábamos todos, o casi todos.