jueves, 23 de diciembre de 2010

Este relato es parte de mi proyecto "cien relatos de tristeza", un homenaje a mujeres valientes que rompieron el ciclo.


UNA NAVIDAD DE PIE

El calor de diciembre es normalmente pesado, más si le sumas toda la tensión de las compras navideñas. Pero este año no hubo compras ni preparativos fastuosos, bueno nunca hubieron preparativos fastuosos para navidad sin embargo, al menos siempre había compras. Los regalos de los niños estaban seguros.
Esta vez las compras las hizo solo. No la invitó ni le pregunto el parecer, solo llegó con los regalos envueltos y los deposito debajo del árbol. La orden había sido muy clara. Cocinar el pollo, hacer las ensaladas y callar.
Se quiso bañar y cambiar de ropa pero no le fue permitido. “Las perras traicioneras son sucias y así se quedan”, le dijo, sin importar que los niños estuvieran presentes y escucharan el comentario.
Los cuatro niños no comprendían lo que pasaba pero sabían que la palabra del padre era ley en casa y no se animaron a preguntar ni a objetar, ni siquiera los mayores que ocultaban su indignación e impotencia bajando el rostro y saliendo de la habitación para no agrandar el problema mientras ella inútilmente intentaba hacer nada sus comentarios, para que la furia oculta detrás de esa calma inmutable no se abalance sobre su cuerpo en forma despiadada, delante de los niños.
El, acostumbraba a buscar estudiadamente las palabras y las acciones para castigarla, decía reiteradamente que ya no tenia derecho ni siquiera a ser tratada como persona. Le había fallado. Y eso un gran hombre como el, no podía aceptarlo.
La salvó de la desgracia de ser mamá soltera cuando se casó ella, se lo repetía constantemente y no lo agradecía lo suficiente, la mantenía, solventándola a ella y a sus cuatro hijos que por cierto, también eran sus cuatro hijos.
El, que era tan importante dentro de la comunidad, un consejero admirado, un amigo de todos, que cumplía con la gran misión de llevar a los jóvenes a retiros y formarlos espiritualmente, él que era tan respetado en la comunidad educativa y que ahora descubría que en su propia casa se le faltaba y mas, que su mujer, a la que acogía con sus hijos tan piadosamente, no le había agradecido. Era demasiado para que la perdonara, esa mujer era sucia.
Su gran orgullo de si mismo, su egolatría y la superioridad que ostentaba sobre ella, la hacía sentir como una perfecta ignorante e incapaz, ahora, su orgullo herido le impedía mirarla siquiera pues no lo merecía, y así la trataría por el resto de la vida, como lo que era, una sirvienta sin derecho a nada.
Aceptar ese trato vejatorio era lo único que le quedaba para sentir que algo hacía para expiar su culpa, sin embargo, algo le decía que no estaba bien, quería explicar pero jamás pudo decir palabra alguna, se le hacia callar. Quiso explicar mil veces y las mil veces no le fue permitido, la única vez que logro sacar la voz y gritar para hacerse escuchar fue callada con una bofetada que la enmudeció hasta ese día.
Fue el día en que le dijo que estaba embarazada, no podía seguir ocultando el hecho pues sabia que las cosas se iban a saber mas temprano que tarde y nunca fue mujer de mentiras, quiso ser sincera y contarle a su marido tantas veces lo que le estaba sucediendo y las razones, pero jamás le dio la posibilidad de explicar nada, si pasaba sola semanas enteras en medio del abandono por su trabajo, cada vez que llegaba y quería ser escuchada, solo le quedaba la posibilidad de escuchar en silencio las hazañas en el seminario, o de los logros con los niños…o simplemente escuchaba sin prestar mayor atención las historias con las adolescentes que llevaba a los retiros espirituales, nunca entendió que los años de espera se convirtieron en siglos.
Ahora su vida se convirtió en una asfixia constante, deseó por años que se quedara al menos un fin de semana en casa y ahora estaba todos los días, en una presencia constante y tortuosa, para recordarle que estaba maldita por tener en el vientre un hijo que no era de él.
Era nochebuena y la cena estaba servida, como no se le permitió bañarse ni cambiarse de ropa, sólo se sacó el delantal, se acomodó el pelo y se frotó la cara para que los niños no vean el rastro de su llanto, un poco de colonia la hizo sentir mas fresca, para esperar que su familia tomara sus puestos y servir la cena.
Uno a uno fueron llegando los niños y ocupando el lugar que habitualmente le correspondía, mientras ella sentada los miraba en silencio sus rostros estaban entristecidos, esa noche nadie quería que llegue la hora de cenar.
Al llegar él a la mesa, observó con ironía y antes de sentarse, adquirió una actitud que le era acostumbrada pero esta vez fue muy exagerada, se puso de pie frente a su esposa y la observó en silencio por un rato prolongado, lo que provocó angustia en los niños, la miró tan insistentemente, sin palabras, sin reproches, con una mezcla de odio, asco y burla e sus ojos que no tuvo ninguna necesidad de que le expliquen lo que estaba pasando, se paró con lágrimas en los ojos, pero luchando por mantenerse firme y así ayudar a los niños a pasar por alto este momento.
Al salir la mujer de la mesa, él tomó su silla y la sacó del comedor aduciendo que había un puesto demás en la mesa, se sentó, y con un gesto arrogante y mediocremente aristocrático le indicó que sirviera.
Se le permitió acompañar a sus hijos en la cena de navidad de pie, con el delantal puesto y en silencio. La mujer que en ese momento no podía mas que reaccionar casi por inercia se dedicó a observar los rostros de sus hijos, a hacer suyo cada esfuerzo que hicieron los niños por tragar, lloró cada lágrima que no pudieron derramar por temor a molestar al hombre, lo miró con miedo pero a la vez con rencor….pero sabia en ese momento que era su castigo, su dolor mas grande era sentir como eran lastimados los sentimientos de los hijos, por un perfecto desconocido al que llamaban padre.